miércoles, 1 de julio de 2015

Un Lumos por Pau

Cuando de crianza se trata, siempre he dicho que no hay expertos y que por cada niño hay una familia que tiene el derecho a decidir lo que es mejor para él. Pero esos derechos vienen con obligaciones. La obligación primordial que tenemos como padres es la de informarnos con fuentes científicas (acá no se vale lo que leí en unos comentarios de redes sociales o lo que me recomendó la abuelita, amiga o vecina, por muy buena que sea la intención) y la de proteger con todo nuestro cuerpo, alma y espíritu a estos seres que la vida nos ha prestado para criar y amar. Así que eso de “crío a mis hijos como YO quiero”, se termina en el momento en que la salud, la seguridad, la integridad y la vida del niño (y eventualmente otros niños) están en peligro. Y eso, la ética y la ley lo resguarda. ¿Por qué digo eventualmente de otros niños? Si a un niño no se le vacuna contra el tétanos, si la enfermedad lo ataca sólo le afectará a él. Pero la gran mayoría de las otras enfermedades infecciosas prevenibles por vacunas, si el niño no vacunado las contrae, puede contagiar a otros niños que por diversas causas tampoco están vacunados (porque por edad aún no les toca, porque tiene una enfermedad que afecta su sistema inmune o porque es alérgico a algún componente de la vacuna). Y esto se transforma en un problema de salud pública.

Esto fue exactamente lo que me tocó vivir una vez cuando era estudiante y cursaba mi internado de Pediatría, con una pequeñita de 2 años de edad, que inicialmente tuvo una infección de oído que nunca fue tratada y que se convirtió en Meningitis. La niña ingresó con compromiso de conciencia, fiebre muy alta y unas pequeñas manchas en todo su cuerpo, como una especie de pequeños moretones. Eso se llama meningococcemia y es cuando la infección ha pasado al sistema circulatorio.  Durante la interrogación a la madre, dijo que estaba en contra de meterle cosas químicas, que no creía en la medicina moderna y sus fármacos y que estaba absolutamente en contra de las vacunas. Dijo que cuando la bebé empezó con síntomas de la enfermedad la trató “de forma respetuosa”, con paños fríos y hierbas naturales para bajar la fiebre e impulsar su sistema inmunológico. Dado que no mejoraba, decidió en última instancia llevarla al Servicio de Urgencias. Ante la gravedad de la niña y la necesidad imperiosa de iniciarle tratamiento antibiótico, le explicamos la situación y para nuestro desconcierto, ella se mantenía firme y no autorizaba que se le administraran medicamentos.

Ahí fue cuando mi profesor intervino y aprendí una gran lección de ética en relación a los pacientes pediátricos: ellos no están en condiciones de decidir por si mismos (principio ético de Autonomía) y cuando hay un tercero que decide por ellos, en este caso la madre, y pone en riesgo su vida, hay que actuar “por la razón o la fuerza”, basándose en el principio ético de Beneficencia. ¿Qué hizo mi profesor? Pidió un recurso de protección para la niña, para iniciar el tratamiento y realizar los exámenes pese a la insistente negativa de la madre, con resguardo policial incluido.  Iniciamos las maniobras de reanimación, pero las tres semanas de infección y dolor para la bebé agotaron su pequeño cuerpo y resultaron en un shock séptico y finalmente un paro cardíaco. A pesar de todos nuestros esfuerzos, la niña falleció.

Lo que la niña tuvo en principio fue una sencilla otitis media que se hubiera curado con unos días de antibiótico, y que de haber estado vacunada, la bebé probablemente no hubiera contraído meningitis. La madre fue arrestada y acusada de negligencia. Imagino lo que significó para esa madre el asumir el dolor por la pérdida de su hija, el sentimiento de culpa y el enfrentar un proceso legal. Y a pesar de todo, no la culpamos, porque obviamente su intención era querer lo mejor para su hija, pero nunca creyó que sus creencias terminarían en eso. El problema fue la información.

Entonces aquí viene la pregunta: ¿Cada uno cría a sus hijos según sus propias creencias e información? Mi respuesta es tajante: Si, SIEMPRE Y CUANDO se vele por el bienestar del niño, no se ponga en peligro su vida y las decisiones que se tomen sean informadas.

¿Qué lleva a una familia a no querer medicar o vacunar a sus hijos? Algo super paradójico es que  generalmente son familias que se autodefinen como “bien informadas”. Y digo bien informadas entre comillas porque el problema radica justamente en dónde buscan la información. Al preguntar el porqué de esa decisión, he recibido respuestas como: “porque es parte de una crianza respetuosa el dejar que siga el curso natural de la enfermedad”, “porque el mercurio de las vacunas produce autismo y cáncer” o “porque ese es el gran negocio de la industria farmacéutica”. Y al preguntar de dónde se obtuvo dicha información, la respuesta normalmente es la misma: una evasiva, asociada a un “en internet, pero no me acuerdo dónde” o finalmente tratar de ofensiva y agresiva la pregunta por cuestionar sus creencias y la supuesta fuente de información.

Papás: No hay NINGUN estudio serio que avale ese tipo de creencias, porque ninguna sociedad científica de respeto y que se precie de tal, estaría dispuesta a hacer trabajos de investigación para ver qué sucede si no medicamos o vacunamos a un niño y lo exponemos a una enfermedad. Es cosa de Googlear en páginas como New England Journal of Medicine, The Lancet o PubMed, todas revistas de prestigio y dedicadas netamente a la investigación.

La medicina ha avanzado muchísimo, a pasos agigantados, ayudando a toda la humanidad. ¿Que no hay que abusar? Pues obvio que no, como en todo en la vida. Nadie dice que a los niños se les invada con cosas químicas, pero los antibióticos y las vacunas salvan vidas y han erradicado enfermedades a nivel mundial y eso NADIE lo puede negar. ¿Sino de qué otra forma es que no hemos visto nunca a alguien con viruela, difteria o tétanos?

Como dije anteriormente y  es la idea de este Blog, lo que pretendo es enlazar la crianza respetuosa con la medicina y sus fundamentos científicos. En asuntos de crianza no pretendo dar cátedra y prefiero mantenerme neutral, tratando de pensar que cada familia sabe lo que es mejor para sus hijos; pero en la historia que les conté ya hay un resultado nefasto: una bebé que falleció por algo que era curable (con antibióticos) y además podía prevenirse (con vacunas). Lo mismo que sucedió con Pau, el niño que hace poco falleció en España a causa de Difteria, enfermedad que estaba prácticamente erradicada hace 30 años en ese país. Sus padres están desconsolados y se sienten engañados por la información entregada por los grupos anti-vacunas. A los compañeros de colegio de Pau les hicieron exámenes para ver si se habían contagiado; varios salieron como portadores de Difteria pero no les pasó nada porque estaban vacunados. ¿Por qué un Lumos por Pau? Porque ese es el modo de despedir a alguien cuando muere en la serie de libros Harry Potter: alzando la varita hacia el cielo y encendiendo su punta con el encantamiento Lumos.

Papitos y familia en general, en mi humilde opinión les quiero pedir algo: por favor, no pongan en peligro la vida de sus bebés y eventualmente de otros bebés; investiguen en fuentes científicas y serias antes de decidir que no lo medicarán o no lo vacunarán; en eso con gusto los puedo ayudar. No se dejen llevar por modas o por la opinión de sus amistades. No todo se resuelve con medicamentos, pero tampoco confiando únicamente en métodos naturales. La salud y la vida de sus hijos es lo que está en juego y ante la muerte de un hijo, ya es demasiado tarde para arrepentirse y el dolor por la pérdida se llevará de por vida.

Con cariño, Doctora Mamá.


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