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viernes, 14 de agosto de 2015

El Calzado de los Niños

Cuando llega el momento en que los padres pensamos en qué tipo de zapatos le compraremos a nuestros hijos, debemos saber que serán un artículo de gran importancia, como un factor más de salud y por lo tanto debe primar eso antes que lo meramente estético, ya que los pies en crecimiento de los niños requieren especial cuidado y atención. 

Algunos padres a la hora de comprar calzado a sus hijos, incluso antes de que el bebé comience a gatear, van a las zapaterías queriendo comprar “lo mejor”. Un punto clave a saber es que la misión del calzado para bebés que todavía no caminan es únicamente el abrigo, no la sujeción. En cambio, para los que ya caminan es indispensable permitir el movimiento de las articulaciones del pie. Se deben respetar la anatomía, la fisiología, la biomecánica y su etapa de desarrollo y crecimiento, sobretodo cuando no existen deformidades ni condiciones que requieran de algún tipo de calzado correctivo. Pero generalmente lo que en el retail nos venden como “lo mejor” suele ser un zapato lindo pero con armazón duro, incómodo y muy alejado de lo que debería ser uno adecuado para esos pequeños pies que están creciendo y formándose.

Hay una corriente entre algunos profesionales, Traumatólogos principalmente, que defienden la necesidad de un zapato infantil fuerte, en el que el pie vaya “bien firme”, tanto el tobillo como la planta y los dedos. Siguiendo esa teoría, algunos fabricantes de calzado han creado una especie de botin terrible, que prácticamente inmoviliza todas las articulaciones del pie e impide al niño utilizar correctamente su musculatura y su fisiología en desarrollo. Yo me pregunto: ¿Cuál será el motivo de crear esos zapatos? ¿Creerán que uno llevará a escalar una montaña al bebé?

En mi opinión, lo más acorde y respetuoso es observar a la propia naturaleza. El pie fue creado para ir descalzo y no para ir metido en un armazón rígido. Aunque el mundo actual, para los que vivimos en el área urbanizada, no nos permite andar descalzos, un calzado inteligente debería seguir fielmente los dictámenes de la naturaleza. La principal misión del calzado es proteger y abrigar al pie, y no aprisionarlo impidiéndole estímulos tanto internos (del propio movimiento, equilibrio, postura) como externos (contacto de la planta del pie con el suelo).

A continuación, veremos cada parte del zapato:

La suela. Si la suela del zapato es muy rígida, no permitirá que haya movimiento en la parte anterior del pie (articulación metatarsofalángica). Si nos fijamos cuando una persona camina descalza, el pie no se mueve en bloque sobre el suelo, sino que se dobla, articulándose en la base de los dedos en dos momentos durante cada paso: justo antes de apoyar el pie en el suelo y aún más en el momento de separarse del suelo tras el apoyo. Por otra parte, si la suela es muy gruesa, el niño se pierde una serie de estímulos y sensaciones que debe percibir del suelo (por ejemplo las diferencias entre un piso de cemento y la tierra del jardín) y que le ayudarán a desarrollar sus reflejos, destreza y equilibrio. Una suela muy dura y rígida hará que el niño camine al estilo Frankestein. En cuanto al ancho, debe ser lo suficientemente ancho por delante como para que permita a los dedos poder abrirse y moverse con libertad (al estilo Pato Donald).

Las plantillas. Muchos zapatos de niños pretenden que la plantilla intente mantener artificialmente la cavidad de la planta del pie (arco interno plantar) para evitar el pie plano. En el pie existen estructuras (músculo-tendinosas y ligamentos) encargadas de formar y mantener la cavidad plantar. Todos los niños antes de empezar a andar tienen un pie plano fisiológico, es decir, que es  normal. Más adelante con la puesta en pie y la marcha, es cuando se empieza a formar la cavidad plantar, gracias a la acción muscular (tibial anterior, flexor corto plantar, aductor del primer dedo). Si esta cavidad es mantenida artificialmente por el calzado, estaremos inhibiendo la acción de estas estructuras, cuya misión es sostener el arco del pie. Es por ello que la plantilla del zapato debe ser plana y flexible.

El tobillo. Si la bota o zapato alto es de material rígido, impedirá el movimiento natural del tobillo (articulación tibio-peroneo-astragalina). Cuando caminamos debemos tener libre dicha articulación para un correcto movimiento. En el caso de bebés que gatean, o que a ratos gatean y otros se ponen de pie y caminan, también es importante dejar libre el tobillo, ya que su posición varía mucho según esté gateando o de pie. Con un calzado que fije el tobillo dificultaremos su forma natural de desplazarse. A veces lo que se pretende con ese tipo de calzado es dar mayor estabilidad a la marcha, que ya de por sí es inestable, de un bebé que está comenzando a andar. Si la madurez anatómica de un niño le permite estar de pie y caminar sólo unos minutos, es un error intentar darle una estabilidad artificial por medio de un calzado duro y con el contrafuerte excesivamente alto, para que pueda “andar mejor”. Con las botas y zapatos rígidos el bebé estará incómodo en cualquier otra postura que no sea estar de pie. Si los padres creen que el tobillo de un bebé de un año es débil y necesita refuerzo por parte del calzado, lo que harán es debilitarlo más aún si lo acostumbran a llevar un armazón que lo sujete, ya que lo que mantiene la estabilidad del tobillo son los músculos y los ligamentos. Por lo tanto, el zapato debe llegar hasta debajo de los maleolos (los huesos laterales del tobillo) o si es una bota, debe ser lo suficientemente flexible como para permitir el movimiento completo de la articulación del tobillo.

Taco y punta. Nunca he visto un calzado para niños pequeños que esté terminado en punta o que tenga taco, pero en caso de que encontrarán uno de esas características, les advierto que son causa de muchas deformidades y otros problemas de los pies en las mujeres que eligen su calzado según la moda y no según criterios saludables. ¿El más famoso? El Hallux Valgus, pero que probablemente conocen como “juanete”.

En resumen...
  1. El zapato debe dejar libre la articulación del tobillo.
  2. El zapato debe ser flexible, permitiendo doblar la parte de delante de la suela fácilmente hacia arriba con la mano.
  3. El tamaño del zapato debe ser lo bastante ancho y largo para que permita el movimiento de los dedos y que éstos no lleguen a tocar por delante el final del zapato por dentro. Una opción es dibujar el contorno del pie del niño en un cartón o papel, recortarlo y comprar luego un zapato en el que quepa bien esa plantilla.
  4. Los materiales deben ser lo más naturales posible para que permitan la transpiración de los pies:  cuero,  algodón, lona, etc.
  5. El modelo más adecuado es un zapato que se adapte bien al pie, es decir con cordones o velcro en el empeine. Las chalas tipo hawaianas no son recomendables, entre otras cosas porque la percepción de que se sale a cada paso obliga a los dedos a un trabajo extra de “agarre” innecesario.

A pesar de haber elegido un calzado correcto, no deben olvidar que los zapatos son sólo para usar unas horas del día. En casa, los pies deben estar lo más libre posible: calcetín o similar sería suficiente (solamente para mantener calientes los pies).

Buscando estas características de calzados para mis hijos, es que encontré a la tienda Moccs Babypopi. Ellos fabrican mocasines de planta blanda, confeccionados a mano y están hechos 100% de cuero. Los Moccs Babypopi poseen sus puntas redondeadas totalmente, para que los deditos se muevan libremente dentro del zapato, por lo tanto no hay zapato derecho ni izquierdo, pero si lo habrá cuando las huellas del bebe se estampen naturalmente con el uso. Fabrican maravillosos modelos a pedido, con tallas de recién nacido hasta aproximadamente los 4 años, con una gran gama de colores y estilos, realizando envíos a todo el país. Mezcla perfecta de estilo y calidad en un calzado respetuoso para nuestros hijos.



¿Dónde?
moccsbabypopi@gmail.com

Con cariño, Doctora Mamá.

domingo, 9 de agosto de 2015

Lo que deben saber los niños

La semana pasada tuve reunión en el jardín de mi hija mayor, quien cursa transición menor. En ella, la educadora de párvulos nos entregó el informe del semestre anterior y me llamó profundamente la atención el hecho de que muchos apoderados quedaran preocupados porque sus hijos, de cuatro a cinco años en promedio, no habían logrado puntaje “excelente” en todos las actividades y quizás no sabían lo suficiente. Esto me llevó a plantearme: ¿Qué debe saber un niño de cuatro años?.

Los comentarios que escuché no sólo me entristecieron sino que también me irritaron. Una mamá enumeraba una lista de todas las cosas que sabía su hijo que asistía al jardín desde los dos años: todos los órganos del cuerpo humano, colores primarios y secundarios, los números del 1 al 10 en inglés, los países de América, escribir su nombre y apellido, entre otras tantas cosas. Otros presumían de que sus hijos sabían incluso muchas más cosas porque aparte de las tareas del jardín, en casa les daban “tareas extras”. Sólo unas pocas decían que cada niño se desarrolla a su propio ritmo y que no hay que preocuparse.

Sé que es natural comparar a nuestros hijos con otros niños y querer asegurarnos de que estamos haciendo lo mejor por ellos. Estamos insertos en una cultura tan competitiva que hasta nuestros propios niños en edad preescolar se han convertido en trofeos de los que presumir. Pero a mi modo de ver, la niñez no debe ser una carrera. Incluso soy una férrea detractora de las tareas para hacer en casa y más aún si se trata de un fin de semana.

Por todo ello, he decidido proponer mi lista de lo que debe saber un niño (o una niña) de cuatro años:


  1. Debe saber que los niños pueden reír fuerte. 
  2. Debe saber que puede utilizar su imaginación y nadie se enojará por pintar el cielo de color rosa o dibujar perros con seis patas.
  3. Debe saber que su familia lo quiere incondicionalmente y en todo momento.
  4. Debe saber cómo mantenerse a salvo en lugares públicos o frente a extraños.
  5. Debe saber que hay que saludar cuando amanece con un “buenos días” y cuando anochece con un “buenas noches”.
  6. Debe saber que siempre hay que dar las gracias por los favores que nos hacen.
  7. Debe saber que las cosas se piden “por favor”.
  8. Debe saber que nunca tiene que hacer algo que no le parezca apropiado, se lo pida quien se lo pida. 
  9. Debe saber que si le gusta un oficio o profesión, tiene la seguridad de que se le va a apoyar si quiere dedicarse a ello. 
  10. Debe saber que pasar el día al aire libre haciendo castillos de arena, tortas de barro o casitas de cuentos de hadas es tan importante como aprenderse los números del 1 al 20.
  11. Debe saber que no hay que decir groserías y malas palabras.
  12. Debe saber que a los animales hay que amarlos y respetarlos.
  13. Debe saber que la basura no se bota al suelo.
  14. Debe saber que no hay que burlarse de los defectos de los demás.
  15. Debe saber que si comparte, no debe esperar nada a cambio.
Pero más importante aún es lo que deben saber los padres:
  1. Que cada niño aprende a andar, hablar, leer y conocer los números a su propio ritmo, y que eso no influye en absoluto en cómo de bien ande, hable, lea o haga cálculos cuando sea grande.
  2. Que el factor más influyente en el buen rendimiento académico y las buenas notas en el futuro es el hábito de la lectura desde que los niños son pequeños. No es el tablet, ni el jardín más elegante, ni los juguetes más caros, sino que mamá o papá dediquen un rato cada día o cada noche (o ambos) a sentarse a leerle buenas historias.
  3. Que ser el niño con mejores notas o más estudioso del curso nunca ha significado que sea el más feliz. Estamos tan obsesionados por tratar de dar a nuestros "lo mejor" que lo único que les estamos dando son unas vidas tan estresadas como las nuestras. Una de las mejores cosas que podemos ofrecer a nuestros hijos es una niñez sencilla y despreocupada.
  4. Que nuestros niños merecen vivir rodeados de libros, naturaleza, materiales artísticos y la libertad para jugar con ellos. Podríamos deshacernos del 90% de los juguetes de nuestros hijos y ellos ni los echarían de menos. Sólo algunos son importantes: juguetes como los los bloques tipo LEGO, juguetes creativos como los materiales artísticos de todo tipo (por ejemplo, en nuestra casa forramos las puertas del closet de mi hija con un material tipo acrílico para que pueda dibujar con plumones), los instrumentos musicales, ropa vieja para hacer disfraces, y libros y más libros. Necesitan libertad para explorar con estas y otras cosas, para amasar pan u hornear galletas de plasticina en la mesa de la cocina mientras hacemos la cena (aunque lo ensucien todo) o tener un rincón en el jardín en que puedan cuidar sus propias plantas.
  5. Que nuestros hijos necesitan más de nosotros. Trabajamos para tener y darles un buen estilo de vida pero otros terminan pasando más tiempo con ellos. Es obvio que todos necesitamos tiempo para una ducha tranquila, charlar con los amigos, salir a cenar en pareja y algo de vida aparte de los hijos. Algunos psicólogos recomiendan que tratemos de dedicar 10 minutos diarios a cada hijo y programar un domingo al mes dedicado a la familia. Nuestros hijos terminan necesitando el tablet, las actividades extraescolares (como las clases de ballet o kárate), o los entrenamientos de fútbol para poder “gastar” las horas del día, cuando realmente lo que ellos necesitan es a unos padres que se sienten a escuchar su relato de lo que hicieron durante el día en el jardín, unas madres que se sienten a hacer las tareas con ellos, padres y madres que les lean cuentos. Necesitan que los llevemos al parque o nos sentemos a tomar el té en familia. Tienen derecho a ayudarnos a hacer la cena aunque tardemos el doble (y trabajemos el doble). Tienen derecho a saber que para nosotros son la prioridad y que nos encanta de verdad compartir y estar con ellos.

Si existen aspectos académicos en los que parece que un niño está atrasado, hay que saber que eso no es indicador de ningún fracaso, ni del niño ni de sus padres. Simplemente es que el niño va a un ritmo distinto. Los niños aprenden lo que les llama más la atención, y la idea de que todos deben saber “X cantidad” de contenidos a una edad concreta es absurdo. Aún así, si queremos que los aprenda, lo que tenemos que hacer es introducirlos en la vida cotidiana, que el niño juegue con ellos, y así los aprenderá de manera natural. Si contamos hasta 20 cuando estamos ordenando los calcetines, aprenderá a contar. Podemos leerles cuentos divertidos sobre los animales y así repasar el abecedario. Experimentar con todo, desde las plantas hasta los colores de los alimentos. Todo irá entrando con más naturalidad, más diversión y mucha menos presión. 

Mi consejo favorito sobre los niños es que dejemos que sean niños, porque sólo lo serán una vez en la vida. 

Con cariño, Doctora Mamá.


lunes, 27 de julio de 2015

El Sistema Inmunológico en los Niños

Uno de los cambios fundamentales tras el nacimiento es el que se produce por el brusco contacto con sustancias y organismos distintos al propio con los que hay en el exterior. Un contacto que si bien no era inexistente hasta entonces, sí había sido muy limitado. El bebé pasa de estar en un medio estéril en el que sólo se tiene contacto con material orgánico genéticamente compatible con su propio organismo (como el líquido amniótico, la placenta y las membranas ovulares, entre otros), a un mundo extraño, con gran cantidad de sustancias y microorganismos agresivos.

Nuestro sistema inmunológico se compone fundamentalmente por unas células llamadas glóbulos blancos o leucocitos, unos órganos donde se forman (médula del hueso, hígado, bazo, timo y ganglios) y unos anticuerpos que liberan algunas de esas células. Cuando aparece un agente que produce una infección, responde todo el sistema inmunitario.

Los leucocitos atacan a ese agente directamente o por medio de anticuerpos. Si es necesario producir más leucocitos, éstos empiezan a multiplicarse en los ganglios, los cuales aumentan de tamaño para responder con más intensidad a la infección. Esto hace que los ganglios cercanos al foco infeccioso sean más grandes, convirtiéndose en las llamadas adenopatías. Cuando cede la infección se reducen de tamaño, pero si son frecuentes en la misma zona no dan tiempo a que se reduzcan con lo que cada vez crecen más.

Una de las principales características de nuestro sistema inmunológico es su capacidad de memoria sobre aquellos gérmenes contra los que ha luchado. Debido a eso, la respuesta contra un organismo con el que tuvo contacto con anterioridad se realiza de forma mucho más rápida, en muchos casos impidiendo totalmente la manifestación de la infección. Ese es el mismo mecanismo con el que actúan las vacunas.

Cuando alguien tiene las “defensas bajas”, como dice la gente, el resultado es un fallo en su función protectora. No es que se tengan muchas infecciones, ya que tener muchas o pocas infecciones depende más del ambiente en el que estamos y de los agentes patógenos con los que tenemos contacto, que del estado de nuestras defensas.

Acá hay que hacer una distinción importante. Lo que sucede cuando realmente hay una enfermedad que produzca deficiencia inmunitaria, es que las infecciones banales se complican con facilidad, transformándose en enfermedades graves. Por ejemplo, si un niño tiene 3 resfríos en un mes lo único que quiere decir es que ha tenido contacto con 3 microorganismos patógenos distintos contra los que no tenía memoria de defensa. Si tiene una neumonía, es que el sistema defensivo ha fallado al intentar contener una de esos resfríos, pero que puede ser un fallo puntual. En cambio si tiene 2 neumonías en un invierno, ya hay que empezar a sospechar que puede haber un problema de base, bien en los pulmones o en el sistema inmunológico, el cual requiere de un estudio más complejo.

También hay casos en los que nuestro sistema inmunológico falla por exceso. Su labor de catalogar cada una de las sustancias extrañas (como alimentos, animales, productos de aseo, etc.) con las que tenemos contacto cada día puede fallar, interpretándose como agresivo algo que no lo es. El resultado de eso son las famosas alergias.

Por último, hay un tercer tipo de reacción de nuestro sistema inmunológico que puede generar problemas. Son las llamadas reacciones autoinmunes. Es un ataque de nuestras propias defensas contra algunos de nuestros tejidos u órganos. Suele deberse a un error por el parecido de algunos agentes patógenos con un tipo concreto de células de nuestro cuerpo, que hacen que una vez vencida la infección, la reacción continúe contra nuestras propias células.

En el desarrollo de nuestro sistema inmune hay varias fases. Los primeros meses de vida, los anticuerpos presentes en sangre en el momento del nacimiento son casi en su totalidad de origen materno. Durante el embarazo, la madre le traspasa al bebé estos anticuerpos a través de la placenta, de modo que al nacimiento tendrá una especie de “muestra de defensas” contra las infecciones que la madre ha tenido a lo largo de su vida. Duran un tiempo escaso, pero fundamentales por ser el tiempo que precisa el sistema defensivo del propio niño para madurar un poco. En los 3 primeros meses de vida, de hecho, la posibilidad de que una infección contraída se complique es muy alta, por lo que casi todos los protocolos pediátricos establecen que un bebé menor de 3 meses con fiebre debe ser manejado en un servicio de urgencias para estudio y vigilancia de la evolución, muchas veces con eventual hospitalización y tratamiento antibiótico profiláctico.

Desde que se supera ese límite de edad de 3 meses, hasta el año aproximadamente la capacidad del sistema inmunológico va mejorando rápidamente, aunque sigue teniendo tendencia a hacer infecciones diseminadas o sin focos infecciosos ni síntomas muy claros. Ya por encima del año su capacidad de defensa está con mejor rendimiento. Y le será muy necesaria, porque en los próximos 3 a 4 años va a pasar el 90% de las infecciones que sufrirá en toda su vida. Resulta desesperante para los padres, pero desde el momento que un niño pisa la sala cuna o el jardín infantil, o antes si tiene hermanos mayores que van a ellos, al menos en invierno no pasarán más de 3 semanas sin que tenga una infección respiratoria o digestiva.

Pero como decía antes no es preocupante si es una seguidilla de resfríos o infecciones no graves. Su único significado es la adaptación progresiva a un mundo rodeado por gérmenes agresivos con los que tenemos que aprender a convivir.

Cada infección que pasamos nos hace un poco más fuertes, porque nuestro sistema inmunitario tiene memoria y poco a poco la proporción de gérmenes contra los que tendremos defensas será mayor. Esa es la razón de que ya de adultos no nos enfermamos con tanta frecuencia.

Dependiendo del número de hermanos y de la edad en que comenzó a tener contacto estrecho con otros niños se alcanzará antes o después esta madurez. Parece que de repente nada es capaz de enfermarlo y de estar continuamente enfermo todo el invierno, pasa a tener como mucho un par de resfríos banales. 

Esto nos ocurrió este año con nuestra hija mayor de 4 años, quien empezó a asistir a transición menor. Durante el año se ha resfriado todos los meses, sin excepción. Algo que sabíamos que ocurriría pero que no pensábamos que sería tan al pie de la letra. Es por ello que empecé a buscar información sobre algún estimulante natural que nos pudiera ayudar a impulsar su sistema inmunológico, y fue así que di con la Echinacea.

A diferencia de una vacuna que se activa sólo contra una enfermedad específica, la Echinacea estimula la actividad general de las células responsables de la lucha contra todo tipo de infección. La planta echinacea es la más conocida y estudiada de las hierbas medicinales para estimular el sistema inmunológico. Estudios de laboratorio han demostrado que la echinacea tiene numerosos efectos sobre las células del sistema inmunológico al estimular la producción de células T e interferón (proteína que estimula el sistema inmunológico). También estimula la internalización de los cuerpos extraños por las células inmunes para retirarlos de la circulación y aumenta la capacidad de las células inmunitarias para ir al sitio de la infección. Tres son los componentes principales activos de la echinacea que potencian nuestro sistema inmune: antioxidantes, alcamidas, y polisacáridos.

A diferencia de los antibióticos que están diseñados para matar todas las bacterias, la echinacea ayuda a nuestro propio sistema inmunológico preparándonos para luchar contra las bacterias y virus, disminuyendo los síntomas y el tiempo de recuperación en la convalecencia.

Investigaciones publicadas por la revista científica The Lancet, indican que el remedio de hierbas hecho a base de echinacea disminuye las posibilidades de contraer influenza en 85%. Los investigadores también aseguran que la planta ayuda a curar la gripe con mayor rapidez, ya que los síntomas desaparecen aproximadamente 36 horas antes de lo que es normal que duren. Aunque la echinacea se utiliza generalmente internamente para el tratamiento de virus y bacterias, cada vez se está utilizando más para el tratamiento de infecciones y heridas externas.

Se la empezamos a dar a nuestra hija en presentación de microglóbulos y notamos la diferencia. Si bien ella se ha resfriado de igual forma, los episodios han sido de menor duración, y ninguno ha conllevado complicaciones graves. Los microglóbulos vienen en una presentación muy amigable, en un pequeño frasco de color rosa. La dosis depende de cada niño, su edad y su peso. También puede ser usada por adultos.

¿Dónde?
Farmacia CosmoFarma
Cobija #2188 Local 103 / Primer piso Edificio Master
Fono: (55) 2345554
Horario de Atención: Lunes a Viernes de 09:00 a 21:00 hrs y Sábado de 09:00 a 14:00 hrs

Con cariño, Doctora Mamá.



lunes, 20 de julio de 2015

El Colecho

El Colecho, traducción latinizada de la palabra en inglés Co-sleeping, consiste en dormir con nuestros hijos en la misma cama, pudiendo ser desde que nacen hasta que el niño decide que quiere dormir solo en su propia cama. Es una opción muy personal de cada familia, que tiene sus ventajas y no está libre de condiciones.

Es algo que defienden (defendemos) los padres pro “Crianza con Apego”. Es una práctica ancestral, practicada por toda la especie animal. Todas las crías duermen junto a su madre por instinto, para tener siempre a la mano el pecho para mamar, para refugiarse del frío o del peligro. ¿Por qué privar de eso al bebé humano? Pues bien, esto de separar al bebé en otra cama u otra habitación es una práctica completamente occidental.

En mi familia practicamos el colecho y cuando se lo he contado a otros familiares, amigos o pacientes, he recibido diversos tipos de comentarios: algunos te miran con cara de: “¿Pero cómo se les ocurre? ¡Qué peligroso!, ¿Cómo van a meter al niño en su cama?”. Otros que lo hacen y temen decirlo por vergüenza o por si van a ser criticados, quedan muy sorprendidos. Y otros que te dicen “orgullosos” que ellos hacen colecho, como si pertenecieran a una especie de tribu “antisistema”.

Partimos practicándolo con un poco de temor, pero buscando estudios y publicaciones relacionadas con "Co-sleeping and SIAD" (traducido al español como "colecho y Síndrome de Muerte Súbita del Lactante") es que finalmente nos convencimos de que los beneficios eran superiores a los riesgos. Y el sólo hecho de ver a mi bebé solito en su cuna, con el frío entumecedor que hace ahora en invierno, es que me llevó el instinto a querer acostarlo en nuestra cama para abrigarlo y cobijarlo con amor de mamá. Si a los adultos nos gusta dormir acompañados, supongo que a los bebés también les debe gustar. Y en base a eso, a todos les digo lo mismo: es algo natural e instintivo, pero simplemente es una opción, y como todo en temas de crianza, no existe una pauta o regla obligatoria a seguir. Si durmiendo juntos, descansan los padres y lo hace el niño, estupendo. Si no es así, entonces hay que buscar la opción de cómo descansar todos bien, durmiendo el bebé en su cuna.

Uno de los principales temores de los padres a la hora de decidir si practicar o no el colecho es su relación con la muerte súbita del lactante. En cuanto a eso, no hay estudios concluyentes al respecto. Algunos estudios dicen que si los padres tienen un claro sobrepeso no es recomendable hacer colecho y que no es aconsejable el colecho si alguno de los padres es fumador. Pero en este caso el consejo no es que no hagan colecho, sino que dejen de fumar. 

Se recomienda que para evitar la muerte súbita del lactante, se use un colchón firme (que no se hunda con facilidad) y no usar almohadas, frazadas pesadas ni demasiada ropa de cama. Esto por dos motivos: por el riesgo de asfixia por sofocación y porque algunos estudios revelan que los bebés regulan su temperatura corporal mediante la región abdominal (motivo por lo que tampoco es recomendable que los bebés duerman boca abajo) y al tenerla abrigada en exceso, esta regulación se vería afectada.

Como les decía anteriormente, esto de que el niño duerma solo es una costumbre occidental. En Oriente donde es una práctica muy común, los índices de muerte súbita son casi nulos. Es más, por ejemplo en China, en las revistas dedicadas a la investigación médica no hay un nombre para traducir “Síndrome de Muerte Súbita del Lactante”.

En cuanto a los beneficios, hay descritos muchos, entre ellos podemos mencionar que favorece la lactancia materna ya que la madre y el hijo, al estar juntos, pueden acceder a ella más rápido y fácilmente durante la noche. Si bien puede que el niño despierte más veces a mamar, las mamadas son más cortas y ambos pueden conciliar el sueño rápidamente. Para algunos padres, el sueño es más reponedor, ya que se levantan menos veces en la noche a verificar si el bebé se encuentra bien.

Ahora bien, el colecho implica también cierto grado de compromiso de nosotros como padres hacia el niño. Ellos se adaptan con facilidad a los cambios en general, pero a veces, en cosas que afectan al sueño, alimentación o afecto es más difícil. En cuanto al sueño, como en cualquier ámbito, es responsabilidad de los padres hacer las elecciones pensando a largo plazo. No tenemos derecho a someter a los niños a nuestro continuo cambio de humor. Si elegimos el colecho, sobretodo si decidimos mantenerlo más alla de los 6 meses, tenemos que plantearnos que estamos adquiriendo un compromiso al que debemos responder todas las noches. Si unas noches permitimos al niño que duerma con nosotros y otras no, el niño no lo va a entender, y van a aparecer los problemas.

Para tomar esta decisión, deben tener en cuenta varias cosas:

  1. Si los padres no descansan bien con su hijo en la cama, a la larga el agotamiento pasa la cuenta. Una cuenta que también paga el niño al convivir con unos padres agotados y de mal humor. Si duermen bien con él, esto no es un problema. Pero no hagan del colecho un “sacrificio” metíendolo en la cama. Cuando ese es el planteamiento, el sacrificio acaba afectando siempre al niño.
  2. Evidentemente tener un niño en la cama limita la capacidad de tener relaciones de pareja. Pero como dicen algunos defensores del colecho: “¿Dónde está escrito que sólo se pueda hacer el amor de noche y en la cama?”. Aún así, es algo a tener en cuenta y que sea consensuado por los dos miembros de la pareja, para evitar que luego sea una fuente de conflicto.
  3. Si no están dispuestos a mantener esa situación hasta que el niño decida dormir solo por sí mismo, al final van a tener que "enseñarle a dormir sólo“. Y es más fácil y menos traumático para el niño cuanto antes se haga. Lo importante es que el niño siga durmiendo con los padres hasta que él lo decida.

Como lo dije al comienzo del artículo, en temas de crianza no hay nada escrito. La opción es personal y debe ser tomada, sea cual sea la elección, con responsabilidad. A modo de opinión personal, yo lo considero una práctica muy linda y la seguiré practicando hasta que mi hijo de dos meses lo permita. Mi hija mayor de 5 años hace bastante tiempo que lo dejó, pero de vez en cuando nos pide dormir juntos para “recordar viejos tiempos”.

Con cariño, Doctora Mamá.


miércoles, 1 de julio de 2015

Un Lumos por Pau

Cuando de crianza se trata, siempre he dicho que no hay expertos y que por cada niño hay una familia que tiene el derecho a decidir lo que es mejor para él. Pero esos derechos vienen con obligaciones. La obligación primordial que tenemos como padres es la de informarnos con fuentes científicas (acá no se vale lo que leí en unos comentarios de redes sociales o lo que me recomendó la abuelita, amiga o vecina, por muy buena que sea la intención) y la de proteger con todo nuestro cuerpo, alma y espíritu a estos seres que la vida nos ha prestado para criar y amar. Así que eso de “crío a mis hijos como YO quiero”, se termina en el momento en que la salud, la seguridad, la integridad y la vida del niño (y eventualmente otros niños) están en peligro. Y eso, la ética y la ley lo resguarda. ¿Por qué digo eventualmente de otros niños? Si a un niño no se le vacuna contra el tétanos, si la enfermedad lo ataca sólo le afectará a él. Pero la gran mayoría de las otras enfermedades infecciosas prevenibles por vacunas, si el niño no vacunado las contrae, puede contagiar a otros niños que por diversas causas tampoco están vacunados (porque por edad aún no les toca, porque tiene una enfermedad que afecta su sistema inmune o porque es alérgico a algún componente de la vacuna). Y esto se transforma en un problema de salud pública.

Esto fue exactamente lo que me tocó vivir una vez cuando era estudiante y cursaba mi internado de Pediatría, con una pequeñita de 2 años de edad, que inicialmente tuvo una infección de oído que nunca fue tratada y que se convirtió en Meningitis. La niña ingresó con compromiso de conciencia, fiebre muy alta y unas pequeñas manchas en todo su cuerpo, como una especie de pequeños moretones. Eso se llama meningococcemia y es cuando la infección ha pasado al sistema circulatorio.  Durante la interrogación a la madre, dijo que estaba en contra de meterle cosas químicas, que no creía en la medicina moderna y sus fármacos y que estaba absolutamente en contra de las vacunas. Dijo que cuando la bebé empezó con síntomas de la enfermedad la trató “de forma respetuosa”, con paños fríos y hierbas naturales para bajar la fiebre e impulsar su sistema inmunológico. Dado que no mejoraba, decidió en última instancia llevarla al Servicio de Urgencias. Ante la gravedad de la niña y la necesidad imperiosa de iniciarle tratamiento antibiótico, le explicamos la situación y para nuestro desconcierto, ella se mantenía firme y no autorizaba que se le administraran medicamentos.

Ahí fue cuando mi profesor intervino y aprendí una gran lección de ética en relación a los pacientes pediátricos: ellos no están en condiciones de decidir por si mismos (principio ético de Autonomía) y cuando hay un tercero que decide por ellos, en este caso la madre, y pone en riesgo su vida, hay que actuar “por la razón o la fuerza”, basándose en el principio ético de Beneficencia. ¿Qué hizo mi profesor? Pidió un recurso de protección para la niña, para iniciar el tratamiento y realizar los exámenes pese a la insistente negativa de la madre, con resguardo policial incluido.  Iniciamos las maniobras de reanimación, pero las tres semanas de infección y dolor para la bebé agotaron su pequeño cuerpo y resultaron en un shock séptico y finalmente un paro cardíaco. A pesar de todos nuestros esfuerzos, la niña falleció.

Lo que la niña tuvo en principio fue una sencilla otitis media que se hubiera curado con unos días de antibiótico, y que de haber estado vacunada, la bebé probablemente no hubiera contraído meningitis. La madre fue arrestada y acusada de negligencia. Imagino lo que significó para esa madre el asumir el dolor por la pérdida de su hija, el sentimiento de culpa y el enfrentar un proceso legal. Y a pesar de todo, no la culpamos, porque obviamente su intención era querer lo mejor para su hija, pero nunca creyó que sus creencias terminarían en eso. El problema fue la información.

Entonces aquí viene la pregunta: ¿Cada uno cría a sus hijos según sus propias creencias e información? Mi respuesta es tajante: Si, SIEMPRE Y CUANDO se vele por el bienestar del niño, no se ponga en peligro su vida y las decisiones que se tomen sean informadas.

¿Qué lleva a una familia a no querer medicar o vacunar a sus hijos? Algo super paradójico es que  generalmente son familias que se autodefinen como “bien informadas”. Y digo bien informadas entre comillas porque el problema radica justamente en dónde buscan la información. Al preguntar el porqué de esa decisión, he recibido respuestas como: “porque es parte de una crianza respetuosa el dejar que siga el curso natural de la enfermedad”, “porque el mercurio de las vacunas produce autismo y cáncer” o “porque ese es el gran negocio de la industria farmacéutica”. Y al preguntar de dónde se obtuvo dicha información, la respuesta normalmente es la misma: una evasiva, asociada a un “en internet, pero no me acuerdo dónde” o finalmente tratar de ofensiva y agresiva la pregunta por cuestionar sus creencias y la supuesta fuente de información.

Papás: No hay NINGUN estudio serio que avale ese tipo de creencias, porque ninguna sociedad científica de respeto y que se precie de tal, estaría dispuesta a hacer trabajos de investigación para ver qué sucede si no medicamos o vacunamos a un niño y lo exponemos a una enfermedad. Es cosa de Googlear en páginas como New England Journal of Medicine, The Lancet o PubMed, todas revistas de prestigio y dedicadas netamente a la investigación.

La medicina ha avanzado muchísimo, a pasos agigantados, ayudando a toda la humanidad. ¿Que no hay que abusar? Pues obvio que no, como en todo en la vida. Nadie dice que a los niños se les invada con cosas químicas, pero los antibióticos y las vacunas salvan vidas y han erradicado enfermedades a nivel mundial y eso NADIE lo puede negar. ¿Sino de qué otra forma es que no hemos visto nunca a alguien con viruela, difteria o tétanos?

Como dije anteriormente y  es la idea de este Blog, lo que pretendo es enlazar la crianza respetuosa con la medicina y sus fundamentos científicos. En asuntos de crianza no pretendo dar cátedra y prefiero mantenerme neutral, tratando de pensar que cada familia sabe lo que es mejor para sus hijos; pero en la historia que les conté ya hay un resultado nefasto: una bebé que falleció por algo que era curable (con antibióticos) y además podía prevenirse (con vacunas). Lo mismo que sucedió con Pau, el niño que hace poco falleció en España a causa de Difteria, enfermedad que estaba prácticamente erradicada hace 30 años en ese país. Sus padres están desconsolados y se sienten engañados por la información entregada por los grupos anti-vacunas. A los compañeros de colegio de Pau les hicieron exámenes para ver si se habían contagiado; varios salieron como portadores de Difteria pero no les pasó nada porque estaban vacunados. ¿Por qué un Lumos por Pau? Porque ese es el modo de despedir a alguien cuando muere en la serie de libros Harry Potter: alzando la varita hacia el cielo y encendiendo su punta con el encantamiento Lumos.

Papitos y familia en general, en mi humilde opinión les quiero pedir algo: por favor, no pongan en peligro la vida de sus bebés y eventualmente de otros bebés; investiguen en fuentes científicas y serias antes de decidir que no lo medicarán o no lo vacunarán; en eso con gusto los puedo ayudar. No se dejen llevar por modas o por la opinión de sus amistades. No todo se resuelve con medicamentos, pero tampoco confiando únicamente en métodos naturales. La salud y la vida de sus hijos es lo que está en juego y ante la muerte de un hijo, ya es demasiado tarde para arrepentirse y el dolor por la pérdida se llevará de por vida.

Con cariño, Doctora Mamá.


viernes, 19 de junio de 2015

¡Bienvenida a El Blog de Doctora Mamá!

¡Bienvenidos amigos bloggers!

He decidido iniciar este nuevo proyecto destinado para que mamás, papás, abuelos y familia en general conozcan y aprendan los pro del apego y la crianza respetuosa hacia nuestros hijos, fundamentados desde un punto de vista médico, así también para derribar mitos en torno a esto.

Les iré contando variados temas desde la experiencia propia con mis hijos y las aventuras que conlleva esto día a día.

Contaremos con el aporte de diferentes profesionales invitados, que desde su perspectiva nos darán consejos sobre diversos temas específicos relacionados.

También formarán parte de este proyecto tiendas y emprendimientos amigos que van en la línea del apego y la crianza respetuosa.

Espero que lo publicado en este Blog les sea de utilidad, ya que es un proyecto creado con mucho amor y dedicación.

Con cariño, Doctora Mamá.