jueves, 25 de junio de 2015

Conociendo a mi bebé (Parte II)

En ocasiones, la cabeza de un recién nacido está muy deformada los primeros días debido a que para poder salir por el canal del parto, los huesos del cráneo, que al nacer no están unidos entre sí, pueden montarse unos sobre otros. Esto permite un adecuado crecimiento del cerebro del bebé y es normal. En función de que el bebé halla estado encajado en la pelvis en una u otra posición, pueden presentar una especie de “pepino” más atrás o más adelante. Estos “pepinos” son duros y se les notan aristas. Poco a poco los huesos se desmontan y ocupan su posición normal tomando la cabeza su forma correcta.

Entre los huesos del cráneo quedan unos huecos más grandes. Se llaman fontanelas. La más grande y que tarda más en cerrarse es la anterior o bregmática que queda entre la frente y los parietales. Es a la que vulgarmente se le llama “mollera”. Tiene forma de rombo y está por encima de la frente. La notarán como una zona más blanda, en el que al tocar no se nota hueso y que dependiendo de las circunstancias puede estar más hinchada, por ejemplo con el llanto, o hundida que la piel de alrededor. Conforme los huesos que la rodean van creciendo y uniéndose, irá haciéndose cada vez más pequeña, hasta cerrarse, lo cual suele ocurrir en promedio entre los 6 y los 18 meses. No es bueno que se cierre mucho antes (sobretodo antes de los 3 meses).

A veces hay otros bultos en la cabeza del bebé producidos también por su paso por el canal de parto, muy blandos y redondeados (como un chichón), son los céfalohematomas: sangramientos entre el hueso y la piel, en algunos casos bastante grandes. Se reabsorben solos generalmente, aunque también en ocasiones pueden endurecerse y calcificarse produciendo deformidades de la cabeza que pueden tardar años en desaparecer (pero desaparecen). Cuando son muy grandes, pueden ser causantes de ictericia.

La cara del recién nacido al comienzo suele estar hinchada y a veces con hematomas por pasar exprimidos por el canal de parto. En los bebés que nacen por cesárea y no han estado encajados, la cabeza es redonda desde el principio y la cara no está tan hinchada. Los primeros días tienen los párpados más inflamados y puede haber pequeñas hemorragias en las escleras (la parte blanca del ojo), son derrames por la presión a la que se les ha sometido al momento de salir. Es normal y desaparecen por completo con el paso de los días.

Al nacer es complicado decir si tendrá los ojos claros u oscuros porque aún no han empezado a producir la melanina, que es la sustancia que les dará su color definitivo. A veces notamos que un ojo le llora más y le forma más secreción (legañas). No se debe confundir con conjuntivitis. Esto es debido a que el conducto lacrimal, que debe llevar las lágrimas de los ojos a la nariz, está taponado por lo que las lágrimas salen hacia fuera y cuando el bebé lo tiene cerrado varias horas (mientras duerme) se secan en el ojo formando “legañas”. Siempre que el blanco del ojo permanezca blanco es que no hay infección. La obstrucción del conducto lacrimal suele ser pasajera aunque en algún caso no se abre hasta pasados los seis meses. Si la acumulación de las lágrimas acaba produciendo conjuntivitis a repetición o pasados los seis meses de vida sigue obstruido se puede abrir canalizándolo. Pero es una operación  que normalmente no suele llegar a hacerse porque se abre antes por sí solo.

Tanto en los párpados como en la frente y detrás de la cabeza son las localizaciones más frecuentes donde en los recién nacidos podemos encontrar al principio unas manchas de color rojo. Son los llamados angiomas planos. Es piel normal salvo por su color, más rojizo que el resto. Es debido a la presencia de un número mayor de vasos sanguíneos en esa zona. La piel por lo demás tiene el mismo aspecto de la circundante. No requieren tratamiento ya que se  acaban borrando, aunque a veces después de varios meses.

La nariz es más chata en los bebés que en los adultos y a veces presenta unos puntitos blancos por toda la piel de la misma que se extienden también por los alrededores de los ojos. Eso se llama milia. Son simplemente glándulas de secreción de grasa que tienen el poro taponado con una capa muy superficial de piel que no deja salir la secreción. Como su secreción es grasa blanca forman puntitos de ese color. Poco a poco los poros se abrirán y se quitarán solas.

La boca es un mundo aparte. Generalmente los bebés no tienen dientes. Y digo generalmente porque una pequeña proporción pueden tener algún diente al nacer. Entre la lengua y la encía inferior hay una tela fina y vertical (el frenillo lingual) que a veces es excesivo siendo necesario cortarlo si dificulta los movimientos de la lengua, sobretodo al alimentase. La mayor parte de los casos no lo necesitan. Entre las encías y los labios hay otros dos frenillos, uno arriba y otro abajo que suelen dar menos problemas. La mayoría de las veces no se da uno cuenta de que el niño los tiene hasta que un día (generalmente cuando empieza a dar los primeros pasos) se cae y se lo desgarra. Si esto pasa cicatrizan bien y no necesitan suturarlos con puntos ni nada (entre otras cosas porque un punto superficial en la mucosa de la boca no dura mucho más de dos días sin caerse). A los lados del frenillo lingual, en el suelo de la boca, hay dos bultitos con un pequeño orificio en el centro. Son las salidas de las glándulas salivares sublinguales. En algunos casos en su lugar aparece un bulto más grande en un lado que en el otro como una burbuja de carne fina con líquido transparente en su interior. Son las ránulas. Es el resultado de un conducto salivar taponado por lo que la saliva se acumula formando un quiste. Suele acabar por abrirse paso sin necesidad de hacer nada aunque a veces, si se infectan pueden dar algún problema y es mejor tratarlas con un Otorrinolaringólogo.

La lengua tiene tres zonas distintas: En la punta y en los laterales hay unos puntitos pequeños. En el centro es como aterciopelada. En el fondo, donde empieza la garganta son como puntos más gordos, como verrugas aplanadas. Cada una de estas zonas está especializada en reconocer un gusto diferente. En la parte aterciopelada puede haber restos blancos. Si se pueden desprender con facilidad, son restos de leche. Si están como pegados y no se puede despegar, en los lactantes de menos de 3 meses con frecuencia son hongos, que pueden aparecer también en la mucosa de las mejillas y los labios.

En el paladar hay dos partes: el paladar duro, y el paladar blando (el velo del paladar). Debe ser un techo continuo que acaba por detrás en la campanilla. Se forma desde los lados hacia el centro durante el desarrollo del feto y a veces no ha llegado a cerrarse el todo en el momento del nacimiento. Los defectos de este cierre pueden ir desde lo más leve (tener la campanilla bífida partida en dos) hasta lo más grave (tener todo el paladar sin cerrar de modo que a través de la boca se ve el interior de la nariz) y en algunos casos sin que ni siquiera el labio se halla cerrado en el centro (quedando abierto con un surco que comunica los dos orificios nasales con la boca). Es lo que se llama fisura labiopalatina o “labio leporino”. En muchos casos de los que se operan hoy en día en menos de un año prácticamente no se nota nada. En la línea central del paladar duro (el techo de la boca), en los recién nacidos pueden observarse unos cuantos puntos blancos como pequeñas perlitas (las perlas de Epstein). Al nacimiento las tienen casi todos, pero van desapareciendo poco a poco.

La entrada de la garganta forma como una puerta cuyo suelo es la lengua, el arco superior es el velo del paladar con la campanilla en el centro y los laterales son las amigdalas. Estas últimas son como unas bolas (más grandes o menos según el niño) con un pequeño pilar por delante y otro por detrás. Las adenoides, no suelen verse por la boca más que si son muy grandes, ya que están más arriba, detrás de la nariz.

En las mejillas, por dentro se pueden ver a veces dos pequeños bultitos con un orificio en el centro. Son la salida de las glándulas salivares parotídeas. Las mejillas suelen ser más abultadas que en los adultos por tener una capa de grasa más importante que se irá perdiendo conforme crezcan.

Las orejas, aunque sea demasiado obvio lo que diré, tienen que ser dos. Una a cada lado de la cabeza y deben tener una forma parecida la de un lado y del otro. Hay malformaciones frecuentes aquí. Las más mínimas son pequeñas muescas en un pabellón como si le faltara un trocito. Otras pueden aparecer delante de la oreja o en la línea que baja desde la oreja por el cuello como verrugas o fositas. Son los apéndices y las fístulas preauriculares. Pequeñas malformaciones. En el caso de los apéndices no se complican y suelen crecer al mismo ritmo que el resto del cuerpo por lo que parecen estar siempre iguales. Si se quitan es sólo por una razón estética. Las fístulas si son más problemáticas porque a veces acumulan secreciones y se infectan. Si eso sucede, deben operarse. La otra importancia que tiene la presencia de estas pequeñas malformaciones es que se producen en el desarrollo fetal en la misma etapa en la que se desarrollan los riñones y el sistema urinario con lo que algunos estudios han relacionado la presencia de fístulas o apéndices preauriculares con una mayor frecuencia de malformaciones de riñón y vías urinarias. Hay otros estudios que dicen que no es así. Ante la duda y dado que no es una prueba en lo absoluto, recomiendo la realización de una ecografía renal y de vías urinarias en los niños que presentan estos estigmas, si se dispone de la posibilidad de hacerla. Aunque no es urgente y las malformaciones son mayoritariamente mínimas y no tienen más repercusión, en muchos casos predisponen a las infecciones de orina con más frecuencia.

Con cariño, Doctora Mamá.


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