Hoy, en el Día del Padre, quiero hablarles de un tema muy especial y poco conocido, principalmente por los hombres: El apego paterno.
El apego paterno es una relación emocional que existe entre el padre y su hijo o hija. Es un proceso que comienza cuando el hombre recibe la emocionante noticia que será padre y se va desarrollando con el interés y la medida en que se involucra con el progreso del bebé dentro del útero, por ejemplo cuando le habla incluso antes de nacer.
Se vuelve especialmente más intenso al segundo mes de vida, cuando el bebé se empieza a conectar con el mundo exterior. Es una relación exclusiva, que no puede ser reemplazada por otra relación entre el bebé y otro hombre.
El apego paterno es muy importante porque le da seguridad al niño o niña. Un buen apego le transmite la seguridad de que cuando esté triste, estresado o angustiado, el padre estará siempre disponible para él, para acompañarlo, calmarlo y contenerlo. Esto lo prepara para que, cuando crezca, pueda enfrentar de mejor forma los problemas y regular sus emociones.
El padre apegado, ¿nace o se hace? Yo diría que ambas cosas. Nace porque se generan respuestas biológicas en el nuevo padre –como el aumento de una hormona llamada oxitocina– que le hacen sentir ternura y deseos de cuidar a su hijo. Pero también se hace, porque si el padre recibió una crianza sensible, le será más fácil sensibilizarse ante las emociones de su bebé.
Los hijos de un padre apegado son niños sensibles, que muestran compasión hacia el sufrimiento de otros niños y piden a sus padres que los consuelen o ayuden. Son niños más sociables y con más alegría de vivir. En cambio los de un padre desapegado son niños demasiado “independientes”. Son niños que tienden a negar y reprimir sus emociones, y tienen más dificultad para relacionarse con su entorno.
Un hombre que falla en el apego se reconoce porque no percibe bien las emociones de su hijo, no se da cuenta de que tiene miedo, o que está triste o aburrido. El llanto del bebé le genera molestia y sólo quiere que se calle. Es un hombre que niega las emociones del niño. Por ejemplo, si el niño se cae, le dice “eso no te dolió” o “no hay que llorar”.
El fruto de un buen apego paterno da como resultado hijos que son personas más felices, se sienten seguros ante situaciones angustiantes, saben reconocer sus emociones y las de los demás, tienen menos dificultades para relacionarse y piden ayuda cuando la necesitan.
¡Feliz Día Papá!
Con cariño, Doctora Mamá.
El apego paterno es una relación emocional que existe entre el padre y su hijo o hija. Es un proceso que comienza cuando el hombre recibe la emocionante noticia que será padre y se va desarrollando con el interés y la medida en que se involucra con el progreso del bebé dentro del útero, por ejemplo cuando le habla incluso antes de nacer.
Se vuelve especialmente más intenso al segundo mes de vida, cuando el bebé se empieza a conectar con el mundo exterior. Es una relación exclusiva, que no puede ser reemplazada por otra relación entre el bebé y otro hombre.
El apego paterno es muy importante porque le da seguridad al niño o niña. Un buen apego le transmite la seguridad de que cuando esté triste, estresado o angustiado, el padre estará siempre disponible para él, para acompañarlo, calmarlo y contenerlo. Esto lo prepara para que, cuando crezca, pueda enfrentar de mejor forma los problemas y regular sus emociones.
El padre apegado, ¿nace o se hace? Yo diría que ambas cosas. Nace porque se generan respuestas biológicas en el nuevo padre –como el aumento de una hormona llamada oxitocina– que le hacen sentir ternura y deseos de cuidar a su hijo. Pero también se hace, porque si el padre recibió una crianza sensible, le será más fácil sensibilizarse ante las emociones de su bebé.
Los hijos de un padre apegado son niños sensibles, que muestran compasión hacia el sufrimiento de otros niños y piden a sus padres que los consuelen o ayuden. Son niños más sociables y con más alegría de vivir. En cambio los de un padre desapegado son niños demasiado “independientes”. Son niños que tienden a negar y reprimir sus emociones, y tienen más dificultad para relacionarse con su entorno.
Un hombre que falla en el apego se reconoce porque no percibe bien las emociones de su hijo, no se da cuenta de que tiene miedo, o que está triste o aburrido. El llanto del bebé le genera molestia y sólo quiere que se calle. Es un hombre que niega las emociones del niño. Por ejemplo, si el niño se cae, le dice “eso no te dolió” o “no hay que llorar”.
El fruto de un buen apego paterno da como resultado hijos que son personas más felices, se sienten seguros ante situaciones angustiantes, saben reconocer sus emociones y las de los demás, tienen menos dificultades para relacionarse y piden ayuda cuando la necesitan.
¡Feliz Día Papá!
Con cariño, Doctora Mamá.
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